
Eran las 7:30am cuando se montó en el auto. Oficialmente iba tarde a su primer día de clases, pero eso no le importó. Mientras su madre conducía a toda velocidad, en el reflejo del cristal iban desfilando los edificios de la ciudad sobre la tenue refracción de una niña triste. Sin mirar realmente nada y hundida en su pensamiento, Paula se quedó todo el camino mirando hacia fuera de la ventana del auto pensando en su padre.
Hace unas semanas atrás, sus padres se habían separado y su madre decidió mudarse con ella abandonando toda una vida. Amigos y propiedades ya no serían parte de su vida habitual. Paula, que era una chica popular en su antigua escuela, sentía abandonarlo todo, desde las comodidades ordinarias hasta los amigos entrañables. Especialmente; la mirada del chico que le gustaba y el cual prometía ser su primer amor. Nunca estuvo de acuerdo con la decisión, pero ella era sólo una chica de 15 años que sin opción, tuvo que aceptar las decisiones de sus padres no empece a sus deseos.
Al llegar a la escuela, se miró en el espejo de la visera del auto mientras se recogía su cabello castaño. Al mirarse al espejo, su padre se reflejó en ella y sus ojos no tardaron en humedecerse. Todos decían que eran idénticos, ella era una copia fiel y exacta de su padre. Ambos tenían los mismos ojos color avellana, que al ser tocados por el sol, simulaban dos posos de miel.
Se bajó del auto y observó atónita el edificio de su nuevo colegio. Era un edificio antiguo con una arquitectura de corte colonial español. Quedó intimidada por el tamaño de la estructura. Era gigante comparado con su vieja escuela, pero no era tan grande como su angustia… lo que dejó planteado en un suspiro. Sin remedio, comenzó a caminar despacio mirando hacia el suelo.
– Este debe ser uno de esos momentos en la vida que dicen que uno toca fondo – Se dijo en voz baja soltando nuevamente un suspiro. Pero esta vez, era un suspiro de esos que salen cuando uno aguanta el llanto, de esos que hacen que tiemble el pecho. No sabía porque; si eran los nervios del primer día de clases o por la situación que estaba pasando en su hogar, o la aglomeración de todo, pero sentía un peso que presionaba fuertemente en su pecho y a la misma vez, le drenaba toda su voluntad. En cada paso que daba, sentía que perdía sus fuerzas.
Justo al momento, sonó el timbre del colegio y se detuvo a buscar en su mochila su matrícula. Buscaba el número del salón al que debía dirigirse. Hizo un recorrido por el pasillo del primer piso del edificio sin muchas ganas de encontrar su salón. El pasillo estaba desierto, ya todos los estudiantes estaban en sus respectivos salones. Sólo pudo divisar a un conserje que barría el pasillo. Era un señor alto y delgado que barría caminando hacia atrás. Al pasar por su lado, el conserje le brindó una sonrisa agradable haciendo un gesto con su cabeza mientras se aguantaba su sombrero fedora. Era muy anciano, tan anciano, que le pareció increíble que una persona de su edad aún estuviera empleada. Continuó su recorrido y luego de pasar por varios salones llegó a su salón, el salón 123.
Tan pronto entró al salón, la maestra salió corriendo a atender una llamada de emergencia. La maestra hablando por su celular y sin darse cuenta de su presencia, por poco la atropella al salir. No pasaron dos segundos y la paz que imperaba en el salón se tornó en una algarabía. Unos conversaban sobre sus vacaciones navideñas, otros jugaban videojuegos en sus celulares y otros saltaban una cuica que prepararon pegando papeles con cinta adhesiva. El salón era básicamente un caos. Pasó tímidamente en busca de un asiento entre esa multitud de jóvenes que aún no conocía sin que nadie le prestara atención. Sólo vio un pupitre vacío en la parte de atrás del salón. Era una niña bajita y pensó; que de seguro desde allí no iba a poder ver nada. Mientras ella intentaba localizar otro asiento, un estudiante hizo una señal y todos se sentaron en sus respectivas sillas rápidamente. La maestra entró al salón con una mirada absorta, hizo la señal de la cruz y enérgicamente tomó el control de la clase nuevamente. La niña se quedó allí parada ante las miradas indiferentes de sus nuevos compañeros. Titubeó un momento pensando en acercarse a la maestra para que le ayudara a conseguir otro lugar pero recordó que llegó tarde y sintió vergüenza por ello. Por lo general, era una niña muy responsable. Por lo tanto, decidió en su lugar no decir nada y llegar primera a la próxima clase para tener un mejor asiento. Esto, antes de humillarse a sí misma. Así pensó, ya que notó a la maestra un poco huraña y capaz de hacerle pasar una vergüenza ante un grupo de impasibles e insolentes adolescentes. Con lo que le estaba pasando, eran demasiadas emociones por un día como para probar su suerte.
Como lo había previsto, le fue difícil concentrarse en la clase desde su ubicación. Cuando intentó escribirle a su madre para compartirle su desconsuelo, no encontró su celular. Recordó que lo dejó olvidado en la mesa del comedor de su abuela al salir de prisa. Sin duda este día no había empezado nada bien y no estaba lejos de ponerse peor. Se sentía sola y completamente abandonada. Sin amigos aún y sin poder hablar con su madre, pensó en el día difícil que le esperaba y se volvió a sumergir en la angustia que la atormentaba.
Esa mañana, su padre había llegado temprano a la casa de su abuela materna, en donde estaba viviendo temporeramente con su madre, a entregar los papeles del divorcio. Ya como de costumbre, cada vez que sus padres se veían comenzaban una discusión acalorada y prolongada. Finalmente, su madre le pidió a Paula que se montara de prisa al auto porque estaban tarde para su colegio, mientras continuaba discutiendo con su padre. Éste, se interpuso en el camino de Paula para despedirse de ella con el beso y el abrazo acostumbrado, pero ella sin mirarlo a la cara siguió de largo y lo ignoró. Visiblemente afectado por la reacción de Paula, su padre le cuestiona en un tono aflictivo. A lo que su madre replica:
– ¿Qué esperabas?
Paula y su madre se montaron al auto y en un arranque de ira la madre de Paula tiró los papeles del divorcio sobre el panel de instrumentos del vehículo. Su madre arrancó el auto molesta aún y dejando a su padre con la palabra en la boca, continuó vociferando y enumerando las razones de todas sus molestias sin dirigirse realmente a nadie, como si estuviera pensando en voz alta. Paula no quería seguir escuchando nada más sobre el asunto. Claramente angustiada por la situación, intentó desconectarse y sumergirse en sus propios pensamientos.
Su madre, más que su madre, era su amiga. Siendo ella hija única y su madre una ama de casa, gozó siempre de la exclusividad de su tiempo. Para su madre, ella lo era todo. Y aunque era su confidente, cómplice de pequeñas travesuras y única recipiente de sus atenciones, también era el refugio en sus frustraciones. De esas frustraciones que los adultos no saben canalizar, de esas que van consumiendo poco a poco el alma y el espíritu de sus hijos. De esos malos hábitos que logran transmitir lo que el ADN no transmite; temor, desilusión, inseguridad e impotencia. Tenía que hablar con su madre. Y no exactamente por lo que le estaba ocurriendo en esa mañana oscura, era más bien por todos los sucesos recientes. Por todos esos cambios repentinos e injustos a los que tenía que adaptarse. No era justo que su vida cambiara así, tan de repente. Así no era la vida… al menos, no era la vida que le habían vendido sus propios padres; en cada promesa y en cada sueño que le habían ofrecido. Si ya le habían ideado su felicidad, porque se la arrancaban. Nada de esto encajaba con las expectativas que tenía de su futuro. Sabía que ya había hablado bastante sobre la situación con su madre y la entendía, pero sentía que quedaban cosas por decirse. Tenía que ser eso lo que presionaba su pecho.
Cuando el timbre sonó los estudiantes comenzaron a guardar sus libretas en sus mochilas. Pero ella, tal y como lo había planificado, estaba de camino hacia el próximo salón. El salón era en el segundo piso. Cuando estaba en busca de las escaleras encontró un elevador que nadie esperaba. Así que aprovechó la oportunidad para llegar antes. Apretó el botón y las puertas se abrieron. Tan pronto entró tocó el botón del segundo piso repetidamente, esperando que así las puertas se cerraran de inmediato para no tener que compartir su oportunidad con nadie. Ella era una niña muy competitiva y no tenía intenciones de dejar que alguien le ganara esa carrera. Pero el elevador era lento y empezó a desesperarse. El elevador era muy antiguo y sonaba con un fuerte rechino y con un crujir de metales. Así que en lo que subía, aprovechó el tiempo para buscar la matrícula en su mochila y asegurarse del número del salón al que tenía que dirigirse. Tan pronto sintió que las puertas se abrieron a sus espaldas, salió rápidamente del elevador mirando fijamente su matrícula en busca del número del salón. Ahí estaba en su matrícula, el salón 235. Al elevar la vista, notó que se encontraba en un pasillo completamente oscuro.
Quedó paralizada del terror. No sabía dónde estaba ni que había ocurrido. Sintió como si hubiera entrado de repente a una pesadilla. De la nada, se escuchó el estruendo de las puertas del elevador cerrándose detrás de ella y resonando en un eco desgarrador en la profundidad del pasillo que tenía de frente. Esto hizo que sintiera una corriente de frío que le subió por sus piernas. Quedó helada. Cuando pudo salir del espanto y darse cuenta de lo que sucedía, ya las puertas del elevador se habían cerrado y se habían llevado la poca luz que la alumbraba. El elevador se había cerrado por completo.
Desesperadamente buscó en la oscuridad el botón para abrir el elevador y al encontrarlo, lo apretó varias veces sin parar, pero sólo se escuchaba el elevador bajando lentamente y dando un golpe periódico que volvía a resonar repetidamente en la profundidad de aquel pasillo como fuertes golpes de un marrón sobre un yunque. Estaba aterrorizada. Miró con desesperación sobre su hombro sin moverse, porque las piernas no le respondían. No pudo ver nada. Aún sus ojos no se habían dilatado los suficiente como para distinguir los objetos cercanos. Con sus manos fue tocando la pared contigua al elevador y palpó una puerta. Intentó desesperadamente abrirla, pero estaba cerrada. La golpeó y gritó por ayuda, pero nadie respondió.
No tuvo más remedio que mirar hacia ese pasillo que tenía a sus espaldas. Sus ojos lentamente se iban acostumbrando a la falta de luz y al fin pudo distinguir objetos. El elevador tenía un pequeño recibidor. Una silla de madera con telarañas que la vestían como si fuera una novia en cuclillas, estaba en una esquina. Junto a la silla, una mesa que le pareció un moisés con su mosquitero. Cada objeto que se le iba apareciendo, se le manifestaba como algo distinto a lo que realmente era. La escasez de luz dificultaba distinguir los objetos y su miedo iba completando las formas que la luz no lograba revelar. En general, el lugar tenía un aspecto como si nadie en cientos de años hubiera pasado por allí. El lugar estaba totalmente administrado por la entropía y el tiempo.
La única luz disponible era la que entraba por una ventana que estaba abierta al final del pasillo. Esa luz parpadeaba con una intermitencia esporádica. La luz que entraba por las rendijas de las demás ventanas a lo largo del pasillo, sólo servían para dibujar con un color naranja brillante sus contornos. Estas luces que se distinguían sólo servían para dos cosas; definir la gran longitud del pasillo que tenía de frente y aumentar el terror que sentía.
El elevador ya había dejado de escucharse y por más que apretaba el botón, el mismo no lo hacía funcionar. No quería moverse, los miedos la dominaban, sentía que escuchaba cosas y sentía la presencia de alguien, o de algo. Aún con todo ese miedo, su instinto de sobrevivencia era mucho más fuerte y se sintió obligada a buscar una salida porque sentía que iba a morir. El aire era denso, con un olor fuerte y húmedo, también sentía dificultad al respirar. El polvo que levantó del piso mientras se movió, dibujaba siluetas en los halos de luz que provenían de la ventana. Siluetas que; con el movimiento del polvo y la intermitencia de la luz, sumado a su miedo, hacía que se vieran como fantasmas que la acechaban. La situación no le dejó otra opción que enfrentar su miedo.
Así que, su valentía hizo lo que la valentía hace y se interpuso ante sus temores. Con precaución y en silencio decidió abrir las otras puertas que se encontraban en aquel pasillo en busca de una salida. Cada vez que daba un paso estaba más alerta a cualquier cosa que se pudiera aparecer. Cuando al fin llegó a la primera puerta que se ubicaba a unos 10 metros del elevador, intentó abrirla pero estaba cerrada. Decidió avanzar a la siguiente puerta que estaba a otros 10 metros y esta sí estaba abierta.
Al abrirse la puerta, comenzó el chillido normal de las puertas viejas y oxidadas. Ese sonido peculiar y característico que solían usar en esas películas de terror que su padre le permitió ver junto a él y que siempre hacían que terminara refugiada en sus brazos. Ese sonido le iba erizando la piel. Sentía un frío que provenía de sus mismos huesos. Pero esta vez, no tenía la protección del abrazo de su padre. Los brazos de su padre, eran el único refugio en este universo en donde se había sentido protegida realmente. Siempre fue él quien en sus noches de pesadillas corría en su auxilio. Sintió un profundo desconsuelo al darse cuenta que eso no sucedería más. Entre el miedo y la tristeza se quedó mirando el interior de aquel lúgubre salón. Viejos pupitres aún organizados en fila frente a una pizarra ausente, figuraban como si estuvieran esperando que llegara la próxima clase. En lugar de la pizarra sólo quedaba el recuadro de una pintura de un color distinto al de la pared. Mientras observaba aquel desolado panorama, escuchó el susurro de su nombre desde una esquina del salón. Espantada y paralizada, trata de enfocar hacia esa esquina obscura. Se queda muda y petrificada. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo. Sólo miraba hacia allá. De pronto, en el mismo medio de esa obscuridad absoluta, ve una distorsión. En medio de la nada, surgió borrosa una figura gris que se iba aclarando, como si de esa nada se acercara hacia ella algo. Sus ojos no podían estar más abiertos, había dejado de respirar. No pudo más, cerró sus ojos y comenzó a gritar. Gritó como nunca antes lo había hecho en su vida. Tan fuerte, que sintió que su alma salía de su boca.
Justo cuando se disponía a coger un segundo aire, abrió sus ojos y notó que ya no veía. Paró de gritar. Sólo sentía un zumbido en su cabeza como un eco que se extinguía. Seguido del eco sintió el más profundo silencio que jamás había experimentado en su vida. No veía, no escuchaba ni sentía absolutamente nada.
I-¿Habré muerto? – pensó.
Y justamente cuando se disponía a inspeccionar su cuerpo, un sonido como salido del infierno retumbó en aquel pasillo. Esta vez sintió cómo la vibración de ese sonido penetraba todo su ser. Ese sonido se hizo un eco dentro de ella. No sabría decir con claridad que llegó primero; si el espanto o la emoción, al percatarse de que ese sonido provenía del motor del elevador. El motor del elevador volvía a estar en marcha al igual que sus sentidos. Una mezcla de desesperación y alivio la ocupó. En menos de un segundo comenzó a correr hacia el elevador. Guiada sólo por la luz que salía de las rendijas de la puerta del elevador, corrió como si algo la persiguiera, como si su vida dependiera de ello, como si intentara alcanzar a su padre para evitar que se fuera. Estaba arrepentida de haber sentido odio por su padre. Sí, odio. Por fin lo aceptaba. Sentía odio por él, por haberlas abandonado, por no haberse quedado a luchar por el amor de su madre, por haberse rendido, porque lo amaba y la había hecho sufrir. Sentía culpa y remordimiento por su odio. Sintió remordimiento, mucho. Más que nada en este mundo, porque sabía que su padre la amaba. Se lo había demostrado siempre en cada momento que tuvo la oportunidad. Tanto en palabra, como en acción. Sabía que la relación entre sus padres no deberían afectar su relación con ninguno de ellos. Sabía que no estaba bien que le demostrara desprecio a quien ha dado toda su vida por ella. Sabía que él nunca, pero nunca se rendiría con ella. Era en ese abrazo que se negó a darle a su padre cuando éste intentó despedirse de ella esa mañana, en donde quería estar en estos momentos. En esos momentos sólo quería tener a su padre de frente para poder abrazarlo con todas las fuerzas de su alma. Era por esas cosas del amor; parte por causa de su corta edad y parte porque nadie las explica, que terminó sintiéndose así con su padre.
Sólo quedaban unos 5 metros para llegar a las puertas del elevador cuando se tropezó y cayó en el suelo. Quedó completamente desorientada. Estaba en el limbo. Mientras intentaba recuperarse vio los zapatos de un hombre justo frente a sus ojos. No quería mirar más, estaba cansada del miedo. Sólo pedía perdón por haber odiado a su padre. Aceptaría cualquier cosa. Sólo quería que su tormento acabara de una sola vez. Entonces escuchó una voz gruesa y amable. Muy parecida a la voz de su padre que le dijo:
– Paula, levántate.
Era el conserje. Tan pronto lo vio, comenzó a pararse rápidamente mientras pedía ayuda y pedía perdón entre llantos. En seguida el conserje la ayudó a recomponerse. Lucía como si hubiera pasado todo un año allí, su cabello estaba completamente desordenado, mechones de pelo cubrían su cara y su uniforme estaba cubierto de pólvo. El conserje la calmó un poco y enseguida la llevó hacia el elevador diciéndole que se dirigiera a enfermería para que le verificaran ya que se veía fatigada y emocionalmente no estaba bien.
Tan pronto se cerraron las puertas de aquel viejo elevador y el elevador comenzó a moverse, todo el cuarto quedó iluminado con una luz blanca y clara. Todo parecía nuevo, limpio y reluciente. El conserje, aún de frente a la puerta del elevador sonrió y dijo:
– Buenos días. ¿Alguna buena nueva el día de hoy?-
Y una voz angelical a sus espaldas le contestó:
– Si, tenemos buenas nuevas. Lo hizo bien. La niña al fin pudo liberar su alma del apego del odio y de las expectativas y se ha salvado. Ya está preparada y se encuentra de camino.
Al cerrarse las puertas del elevador, la niña quedó totalmente ciega por una intensa luz. Le sorprendió que fuera la luz quien la cegara en esta ocasión. El exceso de luz ciega tanto como su ausencia y sólo podemos ver cuando nos acostumbramos a su presencia o a su ausencia. Luego de eso, sintió que cayó en un vacío. Al mismo tiempo, la presión que sentía en su pecho se convirtió en un fuerte dolor, uno que no le permitía respirar. Toda su garganta estaba inundada. Se llevó las manos al pecho y a la garganta. Entre cada intento infructuoso por respirar, sentía que la vida se le escapaba. Esa luz que la cegaba, fue atenuando su intensidad y se fue aclarando su visión. Espantada, advino la verdad y se dió cuenta de lo que en realidad pasaba. No era en el elevador en donde se encontraba, Paula estaba en el regazo de su padre.
Su padre, arrodillado en medio de la avenida, con todos los papeles del divorcio esparciéndose por el viento a su alrededor, con la excepción de aquellos que estaban sobre la sangre, la miraba con sorpresa, angustia y desesperación. De momento, todo se le hizo claro. Había tenido un accidente junto a su madre. Su madre había muerto casi de inmediato y ella tenía una grave herida en su pecho. La habían dado por muerta. Todos los sucesos del incidente, ahora se le revelaban instantáneamente pero en el orden inverso. Aunque no estuvo consciente desde el momento del accidente, su mente gravó y reinterpretó cada estímulo que sus sentidos pudieron captar de lo sucedido. Esta vez, en su cabeza corrieron todos los sucesos como si estuvieran viendo una película en reversa. En estos instantes estaba viendo el reflejo que vio de su padre esta mañana. Tenía la misma expresión que Paula había visto reflejado en el espejo del retrovisor del auto mientras se arreglaba el cabello. En esa imagen que humedeció sus ojos, que era ahora en los ojos humedecidos de él, en donde ella se reflejaba.
Un peatón que caminaba por la acera con su perro, como acostumbraba cada mañana por recomendación de su doctor, contó que fue un camión escolar repleto de luces led de alta intensidad quien dio pie a los eventos trágicos de esa mañana. Como: “Una de esas imprudencias que las personas insensatas y con ausencia de sentido común realizan y que las autoridades coloniales fomentan con su impunidad”, lo describió con indignación. Tímidamente añadió que la alta velocidad con la que conducía la madre de Paula agravó la situación. Ambas quedaron ciegas cuando se encontraron de frente con el camión. Aunque era más tarde de las 7:30am, el cielo estaba oscuro aún por una honda tropical que se avecinaba. Cuenta el transeúnte que el auto en donde viajaba Paula, siguió de frente en una curva chocando con la valla de hormigón que separa ambos carriles. El auto rebotó con la valla y quedó debajo de un camión que transitaba por el carril derecho. La goma trasera del camión pasó exactamente por donde estaba sentada Paula. El rugir de las gomas, las altisonantes bocinas, el impacto contra el concreto, todo combinado al crujir de los metales, le pareció al transeúnte como un sonido salido del mismo infierno. Por esas cosas de la casualidad o del destino, el peatón que paseaba a su perro era el esposo de la maestra de Paula. Luego de llamar al 911, llamó a su esposa porque reconoció el logo del colegio en el uniforme ensangrentado. La maestra, salió apurada del salón a atender la llamada de su esposo.
Fueron los bomberos los primeros en llegar a la escena respondiendo el llamado de auxilio que reportó el viandante. Seguido de la policía, llegó su padre. La escena era horrible. El auto había quedado debajo de un camión y Paula estaba pillada. Un policía detuvo al padre de Paula que corría hacia el auto desesperado y gritando su nombre. El policía mientras lo sujetaba fuertemente en sus brazos, le decía a éste que dejara trabajar a los bomberos. El padre de Paula asintió sin poder calmar su desesperación. Pudieron abrir la puerta del conductor con un poco de dificultad, tres bomberos tuvieron que halarla con sus manos mientras rechinaba como rechinan las puertas viejas y oxidadas. Se acercaron todos los bomberos y miraban a través de los cristales hacia el interior del vehículo para poder hacer una evaluación concreta del accidente y del estado de las víctimas. Con su presencia interrumpían los halos de las luces intermitentes de los vehículos del personal de respuesta inmediata que alumbraban el rostro de Paula. Notaron que ella estaba pillada y debían emplear las tijeras hidráulicas para cortar y desarmar el auto. Algunos de los bomberos corrieron a su vehículo a buscar las herramientas que necesitaban para efectuar el rescate. Uno de ellos se detuvo frente al padre de Paula y le puso la mano en su hombro. Pretendiendo articular un gesto de respeto y solidaridad, pero a fin de cuentas imprudente, le indicó en una expresión que nada se podía hacer. El padre de Paula se llevó las manos a la cara y cayó arrodillado al pavimento con un llanto desgarrador. Desde su corazón salieron continuas lágrimas repitiendo un seco y estruendoso “NO”. Fue tan fuerte el llanto, que se podía escuchar el resonar de su eco en todos los callejones aledaños. El lamento eran tan profundo, que hacía que a cualquiera se le helara el cuerpo.
Procedieron a cortar el auto con sus equipos de rescate. Esas tijeras tenían una fuerza descomunal, hacían rechinar y crujir los metales del auto. Los bomberos lograron liberar la puerta del pasajero. Al sacarla, el padre de Paula corrió hacia Paula. El policía se había distraído y no pudo evitarlo. Corrió con desesperación como si la vida de Paula dependiera de él. La sacó del vehículo en contra de las indicaciones de los bomberos. El padre de Paula la apretó contra su pecho como si su fe, o su propio dolor, pudieran salvarla. Inconsciente de que la fe ya había hecho lo que la fe siempre hace; milagros en su propio plano, el padre de Paula con desesperación le grita:
– PAULA LEVÁNTATE- ,y Paula, casi como un milagro, abrió sus ojos.
Allí estaba, en medio de la avenida en los brazos de su padre. Con las luces intermitentes de la policía y los bomberos pintando el cielo sobre ella. Dándole color a esas nubes grises que oscurecían la mañana. La ambulancia recién estaba llegando y los paramédicos estaban sacando la camilla. En ese momento Paula levantó su mano izquierda temblorosa y la posó sobre la mejilla de su padre. Al fin estaba en la protección de sus brazos. Una vez más había corrido a su auxilio. Ya no sentía más el desconsuelo ni el pesar en su pecho. En un último intento por hablar, regurgitó el buche de sangre que se lo impedía. Del dolor que reflejaba su rostro, advino una expresión de paz, seguido de su último suspiro el cual no le dio más que para decirle te amo.
Y así, yacían muertos en el pavimento los tres. El cuerpo de Paula, el de su madre y el despojo de un hombre al que se le acababa de destrozar el alma.
Continuará…


